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Dos de cinco

Texto inédito (2025, Barcelona).
Dos de cinco

Cuando papá sufre su tercer accidente cerebrovascular, yo estoy en Barcelona. Él, en Chile. Mi hermana, que es médico, me dice por teléfono: Intenta viajar hoy; tal vez alcanzas a despedirte.

Los accidentes anteriores ocurrieron por coágulos. Este no. Ahora una vena se abre dentro del cerebro y la sangre ocupa el espacio, como tinta derramada sobre una hoja, hasta que deja de ser hoja. 

Oigo “hemorrágico” y la palabra me da arcadas. Pocas veces una palabra se parece tanto a lo que nombra.

Por teléfono mi hermana enumera escenarios, probabilidades, gastos. Desde lejos, la medicina suena menos a ciencia que a un conjuro enredado.

Intento traducirlo: la mente de papá se hunde. Automáticamente imagino containers flotando a la deriva.

La conclusión es una idea tierna y feroz: ahora papá es un padre-hijo.


Es curioso cómo la tragedia entra al cuerpo: un combo en la cara.

El rostro se deforma de tanto llorar. La piel alrededor de los ojos se afina. La cuenca se vuelve honda. Algo tira de las costillas hacia adentro. Te reduce. Te pliega. Quedas chico. Casi plano. Un origami de carne.

Hasta ese momento siempre me habían parecido ridículas las escenas de películas donde alguien lloraba en el suelo abrazado a sus rodillas. Un cliché de serie mala.

Y, sin embargo, aquí estoy.

En el suelo. Solo. Abrazado a mis rodillas. Con un terror primitivo. Siento cómo la distancia entre los cuerpos de mi familia y el mío se vuelve una cosa física: un muro obeso.

Durante los 67 minutos que tarda mi pareja en llegar, me veo desde arriba. Soy un dron sobre una operación militar. Y una criatura hecha mierda sobre el parquet.

Lejos.Inútil.Con un globo en la tráquea.

Y entonces aparece. 

Algo empuja desde el tórax. Una extremidad inédita. No es un órgano: es una ramita blanda y torpe que cuelga hacia afuera. Tantea el aire, busca otro cuerpo. Se parece al dedo de ET, pero brota del esternón.

Está hecha de escenas que se repiten en bucle:

Papá me abraza.
Cada vez más pálido.
Cada vez más blando.
El gesto, la piel
se afina. Se rompe.
Sin él todo es nuevo otra vez.
Una segunda infancia
pero ahora de adulto.

Pensé que tal vez sería práctico volver a creer en dios. No por fe. Por orden. Alguien ante quien formalizar mis quejas.

Ese mismo día entré en una iglesia en la Rambla de Catalunya. Una iglesia sin turistas, sin espectáculo. Busqué una con arquitectura aburrida. Si existe Dios, debería evitar turistas consumistas.

Me senté en un banco de la segunda fila.

Esperé.

El banco crujía con cada movimiento de mi cuerpo. Un código Morse indescifrable entre dios y nosotros.

Recordé una frase que leí en la Biblia cuando era preadolescente y que me persiguió durante años: “A los tibios los vomitaré”.

El globo en la garganta seguía creciendo.


No pude viajar al día siguiente. No había vuelos y los pasajes costaban una obscenidad. Tuve que esperar cuatro días.

Cada noche me acosaba la misma imagen: papá muriéndose mientras yo dormía.

¿Qué clase de hijo puede dormirse así?

Exhausto, con ganas de dormir y de salir corriendo al mismo tiempo, lo único que atiné a hacer fue leer. Confundir al cuerpo.

Revisé la biblioteca como quien busca parches curitas ante un accidente múltiple. 

Elegí Amuleto, de Bolaño. Necesitaba la ternura delirante de Auxilio Lacouture. Lo leí como si fuera un libro de autoayuda. Casi con pudor.

Me habría gustado soñar con ella para que el desamparo no se propagara también a mi mundo imaginario. Pensé en Macondo. En Harry Potter. En cualquier universo donde el dolor, al menos, obedeciera ciertas reglas.

A ratos los párrafos se disolvían. Cerraba el libro, medio dormido, y la veía: sentada frente a mí, en un bar cualquiera de Barcelona, con el vaso a medio terminar. No decía nada trascendental:

Tranquilo –me repetía–. A veces uno no llega a tiempo.

Hablábamos poco. Lo justo para enumerar nuestros terrores latinoamericanos.

Para ella, era buscar su navaja en el bolso, una noche oscura, mientras vienen dos tipos de frente, y no hallarla. Para mí, pelear con esos conchesumadres de las aseguradoras que convierten cada día-cama de papá en una cifra.

Ella me miraba con la resignación de quien ya vio demasiadas derrotas ajenas. 

Mi historia, aunque triste, era ordinaria: un latino más con un papá moribundo a la distancia.

Poetas muertos hay miles –me dijo–. Padres muertos, millones.

Imagino que la vida está llena de encuentros que nunca sucedieron. A veces uno habla con un desconocido por pura necesidad, como si se inventara una madre o un hermano.

Pero en algún punto la escena se quebraba. El celular vibraba sobre el velador: notificaciones de la clínica, transferencias bancarias, correos del seguro, whatsapps de mi hermana.

Entonces la voz de Auxilio se apagaba y se encogía como una servilleta arrrgfada. Lo único que quedaba era una frase subrayada, inútil, luminosa: “Yo soy la madre de todos los poetas y nunca permití (o el destino no permitió) que la pesadilla me desmontara”.

Quizá la literatura no nos salva.

Pero un libro abierto a las tres de la mañana puede ser un refugio.


Al sexto día recién viajé.

Hice el trayecto completo con el cuerpo en piloto automático: aeropuerto, cola de pasaportes, asiento de pasillo, bandeja con comida envasada, escala, otro aeropuerto, otro avión.

En Chile, mi padre me esperaba en una cama clínica. El cuarto tenía una luz artificial que no pertenecía a ninguna hora del día. No era mañana ni noche. Era ese tiempo suspendido donde los cuerpos se vuelven territorio médico.

Papá era más pequeño.

No más delgado: más pequeño. Como si alguien hubiera retirado parte del volumen del mundo y él hubiera quedado comprimido dentro de sí mismo. La piel tirante. Las manos pesadas. El gesto lento.

Le tomé la mano.

Él me miró.

Sus ojos seguían azules, pero el azul ya no era el mismo. A ratos titilaba, aparecía y desaparecía como una señal débil. Por segundos volvía mi padre. Después se iba.

Mi hermana hablaba con esa voz de médico que, por un rato, ya no quiere ser hija. Explicaba procedimientos, daños neurológicos, probabilidades. Y decía que debíamos tratarlo como si pudiera recuperarse:

Mantenerlo despierto.
Hacerle preguntas básicas.
Sumar.
Nombrar cosas.
Recordar el nombre del presidente.
Recordar los nombres de sus hijos.
El suyo.
Reconocer el lugar donde estaba.

Mi padre a veces preguntaba por mi madre.
A veces por la suya.
A veces por mi hermana mayor.

No sabíamos si decirle que llevaban años muertas.

Lo intentamos todo.
Pero mi padre ya era agua y sal.

Entonces sentí otra vez la ramita en el pecho. Esa extremidad imposible que días antes había brotado mientras lloraba en Barcelona. Empujaba desde adentro, como si quisiera atravesarme y llegar hasta las máquinas.

Por un momento imaginé desenchufarlo todo.
No como gesto heroico.
Como gesto mínimo.
Dejarlo descansar.

La idea apareció limpia y terrible, casi como un crimen.
Y entonces comprendí algo que ningún hijo debería entender:

Morir no es lo peor.
Es transformarte en ruinas.
Atrapado entre tubos y máquinas de oxígeno.

No sé.
Quizá llega un momento
en la vida de todo hijo
donde amar a papá
es también
desear matarlo.


Me oí decirlo en voz alta por primera vez:

Papá murió

No es una frase. Es un golpe seco en la encía. Algo que te deja hablando raro el resto del día. El resto del año.

Ser adulto quizá sea eso: elegir entre ataúdes casi idénticos, heredar una deuda médica, aprender un idioma nuevo: el de las funerarias, el de los hospitales, el de las isapres. Un idioma sin metáforas, lleno de casillas, sellos y horarios. El idioma que se usa cuando realmente no quieren escucharte.

Pa-pá-mu-rió: cuatro sílabas que no se acomodan en ninguna parte.

Tengo una foto de 1990 en la que aparece toda nuestra familia. Éramos cinco.

Ahora solo quedamos mi hermana y yo.

A veces es como si nos cazaran.

Quizá ser adulto es mirar esa foto muchas veces sin quebrarse.


Nunca me hice la pregunta del porqué. 
No me atrevo a tanto.
Ni por qué pasó,
ni por qué a nosotros,
ni por qué ahora.

En vez de eso hago lo que puedo: vuelvo. Escribo. Saqueo el pasado. Lo edito.

Escribir: una técnica precaria de reanimación. 
Escribir para sentir, por ejemplo, una vez más, el olor de papá en el borde del cuello de su camisa. 
Recordar como si sus ojos se abrieran en mis ojos. Hasta acceder a una escena:

Es junio. 
Mi familia rodea la mesa ovalada. 
Papá se ríe. Mi hermana sirve té con leche.

El clin-clin de la loza y los cubiertos
se hunde en el parloteo.

Yo devoro un pan con palta.
Una miga de marraqueta
rebosante de manjar
respira.

Las voces de la familia 
vuelven por los pasillos, 
hurgan cajones,
se recuestan en las camas
de la casa de Peñalolén.

Sobre la mesa
ruedan los rayos de sol
hinchados
como limones.

Nadie sabe que ese momento doméstico, vulgar, estaba a salvo.


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