Un hijo pregunta por qué
por qué por qué por qué por qué,
con sus preguntas deshace/ordena la materia.

Un hijo imaginario ensaya para los huesos y la carne,
juega en el color de los paisajes y atardeceres;
en la fuerza imperceptible que deforma a robles y espinos;
adopta la forma de los vientos firmes
que descienden cada tarde desde la montaña.

Abre/cierra los ojos,
¿Cuánto tiempo lo ha atravesado?

Un hijo imaginario envejece hasta ser padre de su padre,
lo muda, lo lleva de la mano, le dosifica las pastillas.
Ahora el hijo es un gigante ante un padre-niño.
Recuerda cuando sus brazos y piernas eran gemas
de acero, sus ojos dos vectores inagotables.

Un padre imaginario tiembla como un gorrión
atrapado en una mano.  Siente el calor
de las últimas escenas. Mira el bosque de su infancia,
recuerda el peso de su cuerpo sobre las rodillas,
galopar ebrio de viento por los cerros,
podar y poner tutores en los árboles torcidos,
recoger, una a una, las nueces cosechadas.

Un padre imaginario mira a su hijo
como si emergiera en ese instante de su vientre.
Siente un oxígeno líquido en los pulmones.
Escucha el latido de su madre por primera vez.
Llora su último llanto.  Es la lluvia.
Ahora vive en el descenso
.