Celeste error son mis pasos y negro el sentido
de mis palabras para quien de otros lugares me conoce.
Como un fuego intocable arde mi cuerpo
para quien es muchacho y desde lejos me observa.
Y para mí mismo no seré más que un espíritu viviente
entre las parras azules y la sombra de los árboles
cuando extrañado, perdido y lejano
un nuevo día y una nueva vida me sostengan.

Cuando sea remoto a estos lugares
y al aliento de los campos que doloroso
percibo, y remoto a mí mismo
-imagen ahora extraviada en este sueño de vida–
sollozará tal vez desde sus chimeneas mi tierra,
suspendida en el azul libre de nieblas, sus amargos
vapores al cielo: y será ya vieja
para su tiempo que quieto se consuma.