Hemos de escribir para salvar a quienes más amamos. Hemos de escribirlos, sus formas, sus manos, el olor del borde del cuello de sus camisas, sus dientes torcidos, sus miradas despiertas refugiadas en nuestra memoria. Hemos de escribir porque amamos lo más frágil de ellos: la carne, los huesos, el cerebro inflamado, la sangre que fluye lenta, la falta de oxígeno. Hemos de escribir hasta sacarnos del pecho la noche que comienza, la sonrisa expirada, la distancia irreversible con aquel instante fósil cuando todos disfrutábamos la hora del pan con mantequilla y té puro. Una tarde cualquiera que retorna cada vez más pálida. Una tarde irrelevante para los inmortales, pero fundamental para los que se mueren y los que nos quedamos. Esa época cuando todos se reían, vivos, intactos, fuertes como balas recién disparadas, refugiados sin saberlo en la simpleza de una escena íntima y familiar, décadas condensadas en un acto sencillo e irreparable. Y es precisamente en estos momentos, cuando la ciencia es inútil y solo nos quedan los ritos y mitos religiosos que descubro a un dios nuevo, un dios que es aquel atardecer que respiraba por sí mismo, que nos contenía en sus brazos, cuando el bullicio de la familia reunida lo inundaba todo, y el silencio era mínimo y los rayos de luz caían hinchados como limones.